¡Hola a todos!

Os presento la tercera (y última) parte de este particular cuento de Navidad :) Espero que os guste (y sí, hubiese necesitado unas quinientas palabras más mínimo para que este capítulo fuera todo lo que yo quería xD).


Futuras

Harry levantó la mirada y, por un instante, Draco temió que lo hubiera oído.

—¿Ya? —preguntó levantando la comisuras de la boca. Draco siguió su mirada hasta Rose Weasley. Podría considerarse que aquella renacuaja era el único Weasley que le gustaba. Tendría unos cuatro años, el pelo rojizo y muy rizado. Era inteligente. Endiabladamente inteligente. Y, por supuesto, Harry la adoraba. Rose llevaba un camisón de lo que parecía franela y un oso bajo el brazo.

—Quiero el cuento del unicornio —explicó la niña tirando del brazo de Harry hasta que se levantó.

—Me encantaba ese cuento.

Draco giró la cabeza. Exactamente donde había estado Harry un par de instantes atrás estaba una muchacha.

—Hola, tío Draco —saludó jovialmente.

—¿Rose? —preguntó con incredibilidad.

—Supongo que ya te habrás imaginado lo que viene ahora, ¿verdad? —Rose extendió su brazo hacia Draco, con la palma hacia arriba, sin llegar a tocarle—. Pasado, presente…

—Y futuro —murmuró dándole la mano. Quería acabar con lo que fuera eso. Y cuanto antes… mejor.

El efecto fue inmediato. La sala comenzó a girar a su alrededor. Rose tenía en el rostro aquel gesto risueño, la mirada clavada en él. Una sonrisa.

Era diferente. Diferente a Snape y a Pansy. Y a la vez tan parecida.

Todo dejó de dar vueltas mucho antes de lo que esperaba. Seguían sentados, uno junto al otro. Y mirándose.

Fue Draco quien rompió el agarre.

—¿Vas a ser tú también tan enigmática?

—Yo no necesito serlo —respondió sentándose bien y mirándolo de una manera extraña. Eso era… ¿lástima?

—Bien. ¿Dónde estamos?

Era un cuarto agradable. No demasiado grande, pero tampoco pequeño o comido por los muebles. Muebles, por cierto, de calidad. De madera. En los que uno se podía sentar sin temer ser devorado por las entrañas del sofá.

—Es la casa de mis padres —explicó—. Hoy es Navidad.

Draco bufó, apretándose contra el respaldo. Hoy es Navidad en todas partes, al parecer. Pasado, presente y futuro.

—El año que viene me gradúo en Hogwarts —continuó con voz tranquila—. Te alegrará saber que he sacado todos mis TIMOS.

—Tu madre debe de estar orgullosa —murmuró—. ¿Qué vamos a ver, Rose?

—Al tío Harry —respondió girando la cabeza hacia la chimenea.

Lo tenía calculado, por supuesto. En cuanto sus palabras brotaron, la chimenea pegó un fogonazo. Esa escena era… era… ¿diez años en el futuro? Merlín, esperaba que Harry no se hubiera estropeado demasiado.

Diez años era mucho tiempo.

Contuvo el aliento cuando distinguió su sombra entre las llamas. Solo fue un instante, porque Harry dio un paso al frente cargado de paquetes. Llevaba un estúpido gorro de punto y un abrigo muggle que le hacía parecer más ancho de lo que realmente era.

Sonrió. Estaba prácticamente igual. Quizá un poco más cansado, con más arrugas, pero seguía siendo él. No sabía exactamente que había esperado encontrar cuando Rose le había dicho que iban a ir al futuro.

Al fin y al cabo, tampoco eran tan mayores, ¿no?

—¡Harry, estoy en la cocina! —gritó una voz desde la otra punta de la casa.

—¿Weasley puede cocinar? —preguntó abriendo los ojos con sorpresa.

—No realmente. Solo abre paquetes y los descongela.

Draco giró la cabeza de nuevo hacia la chimenea. No había ni una llama fuera de su sitio. Daba la impresión de que no iba a ir nadie más.

—¿También he conseguido librarme de estas comidas? —preguntó de buen humor Draco, inclinándose hacia delante.

Rose se mordió el labio.

—Sí, pero…

El crepitar de las llamas la detuvo. De ellas salió un niño pequeño, con el pelo oscuro y una sonrisa pilla en los labios.

Draco tragó saliva, incrédulo. ¿Un… niño? Lo miró fijamente, sintiéndose completamente estúpido. Estaba tan cerca… y a la vez tenía la impresión de que si alargaba la mano jamás podría pillarlo.

—¿Tenemos un hijo? —preguntó incrédulo.

—No. Tío Harry y tío Robert tienen un hijo. —Rose le miró sin pizca de emoción en los ojos.

Draco tragó saliva. Entendía perfectamente lo que le estaba diciendo. No era estúpido, claro que no.

—Pero me has llamado tío —murmuró, intentando encontrarle el sentido.

O quizá a algo a lo que aferrarse.

—Es la costumbre. —Rose se encogió de hombros de forma risueña y Draco decidió que tampoco le gustaba ella. O, por lo menos, aquella versión retorcida y maliciosa de la niña que él había conocido.

—Harry no me dejaría solo porque no me gustan las Navidades.

—Si fuera solo eso —respondió con pesadez.

Draco se encogió un poco sobre sí mismo.

—¿De verdad pensaste que duraríais tanto tiempo sin dar nunca tu brazo a torcer?

¿De verdad lo había hecho? ¿Había pensado que lo suyo con Harry sería una cosa de toda una vida?

—Quiero volver —murmuró. No quería escuchar nada más.

—El tío Harry tiene todo lo que quiere ahora. —Le ignoró Rose mirando con deleite las llamas—. Una pareja que le acompaña a ver a sus amigos, que no le hace ser miserable, niños. Puede hacer planes en lugares muggles. Es feliz… Y tú puedes dedicarte a la persona a la que más quieres en el mundo: a ti mismo.

—Eres retorcida.

—Soy exactamente lo que tú quieres que sea, tito.

Las llamas volvieron a refulgir. Draco sintió como la garganta se le atoraba y como los nervios empezaban a subirle por la garganta. Las manos le sudaban. Quería, no, necesitaba, salir de allí.

—Suficiente.

—¿No quieres verte?

La escena cambió tan rápido que Draco no sabría decir si Rose había llegado a tocarle. La primera idea que acudió a su mente fue deprimente. Estaban en un local viejo, sucio, medio vacío. Los pocos parroquianos eran individuos solitarios de dudosa reputación.

Y luego estaba él.

Sentado en la barra, con la espalda recta y un vaso bajo entre los dedos. Draco, un Draco más viejo y deprimente, lo miraba absorto. Como si el contenido –un líquido ambarino- fuera a hacer algo sorprendente.

Apretó los labios mientras que su otro yo se llevaba la copa a los labios y tomaba un trago. Corto, calculado, lastimero.

No quería pensar que toda su vida giraba en torno de Harry. Eso era… eso sí que era lastimero. No podía permitir que toda su vida le perteneciera. Él también tenía derecho a ser feliz.

Aunque no fuera con él. ¿Verdad?

—Ya lo he pillado, ¿vale?

De nuevo, estaba solo.


«—Entonces, creo que estamos condenados.

¿Condenados, señora?

A estar juntos. Hasta que uno de los dos muera.

Yo ya lo he hecho…». (1)

No fue el sonido de la tele lo que despertó. Fue su ausencia. Gruñó algo y se giró sobre sí mismo, intentando encontrar una posición más cómoda sobre el sofá.

Y entonces recordó.

El tío Harry tiene todo lo que quiere ahora, había dicho la pequeña bastarda.

—Draco —murmuró la voz de Harry mientras que una mano –su mano- lo sacudía—. Draco.

—Hola —farfulló sonriendo un poco al verlo. El salón estaba completamente iluminado, pero fuera seguía estando oscuro. Y Harry estaba frente a él, mirándolo tan seriamente. Estaba un poco de más despeinado y no parecía muy contento.

Pero estaba allí. Para él. Por él.

—Hola —respondió.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó desperezándose un poco.

Harry se encogió de hombros y, por un instante, Draco tuvo miedo. Miedo de que pasara justo ahí, en ese momento, aquello que la Rose del futuro le había mostrado.

—Pensé que si no venía acabarías durmiendo toda la noche en el sofá. Al parecer tenía razón. Venga, levanta. —Le dio un par de palmadas en el muslo para que lo obedeciera.

Draco lo miró a los ojos. Lo que tenían, decidió de golpe. Aquello que habían construido, tenía que ser de toda una vida. No podía acabar olvidado en un bar. No quería imaginárselo con una tal tío Robert.

No podía.

En vez de dejarse levantar, tiró de él hasta que Harry perdió pie con un gruñido muy poco masculino.

—Te estás aprovechando —gruñó –rio- incorporándose un poco sobre sus codos.

—Mañana —prometió Draco ignorándolo. Había fiereza en sus palabras, determinación. El corazón le latía demasiado deprisa. No podía decir con palabras…— vamos a coger a todos tus Weasley y los vamos a llevar a desayunar. Y después comeremos con mis padres.

Harry arrugó el ceño –y Draco contuvo el impulso de reñirle.

—¿Y no puedo escaquearme de ninguna forma? Lucius siempre me mira tan raro… Me odia. Seguro.

—Eres imbécil, Potter —gruñó acortando el espacio que quedaba entre los dos y besándolo.

Harry se recostó un poco contra él y se apretó un poco de más. Solo lo justo para obligarle a soltar un gemido.

Solo lo justo para que Harry se apartara con un brillo malicioso en los ojos.

—Puedes hacer las promesas que quieras, Draco, pero no pienso recogerlo —dijo señalando las latas de cerveza y la caja de pizza.

—Oye, que lo digo en serio…

—Y como me despiertes porque has tenido una pesadilla…

—¡Potter! —protestó.


Fin.

(1): Goldman, William. La princesa prometida (2005:385). Es una cita literal del libro, aunque se supone que Draco está viendo la película (me parece recordar que esa escena la cortaron). Sí, es la misma película a la que se refiere Snape en la primera parte de la historia (Como desees).

Siempre la he asociado (La princesa prometida) como una película de Navidad. Recuerdo que de pequeña nos sentábamos en el suelo, con la comida en la mesilla del café (en mi casa siempre comemos en ella xD Manías) y la veíamos. Me encanta.

Además, la cita es la mar que apropiada, ¿o no? xD Draco y Harry son los nuevos Westley y Buttercup. He dicho.

Muchas gracias a los que hayan leído hasta aquí. Espero que les haya gustado esta historia :)