Code: Lyoko y todos sus personajes son propiedad de MoonScoop y France 3.

Advertencia: mal lenguaje.

VIII.- Borracho

Entreabrió los ojos, la cabeza le martilleaba con insistencia, se frotó la frente ahogando un gemido y dio media vuelta en la cama. Joder, eso sí que era una resaca de las gordas, no recordaba cuando había sido la última vez que se había corrido una juerga semejante.

El edificio estaba sumido en el más profundo de los silencios, gracias a Dios, joder, amén.

Miró el reloj que, burlándose de él, marcaba las 10:30. Estupendo, llegaba tarde, otra vez, el gilipollas de su jefe se subiría por las paredes. Otra vez.

—Puto gilipollas —farfulló saltando de la cama resignado.

Observó su reflejo en el espejo del baño y se sonrió, no estaba tan mal para tener una resaca de cojones, hasta se veía guapo. El pelo negro y revuelto le confería un aspecto salvaje del que estaba especialmente orgulloso. Se duchó deprisa y se vistió igual de rápido para hacer una última parada en la cocina.

La nevera vacía le recordó que llevaba semanas sin hacer la compra, tampoco había café, ni zumo y el brick de leche a medio consumir apestaba a podrido. Con un bufido rebuscó en los armarios hasta dar con la botella de Ballantines que alguien le había regalado no hacía demasiado. La destapó y aspiró el intenso aroma de alcohol y cebada.

Riendo vació la botella garganta abajo ¿no decían que lo mejor contra la resaca era más alcohol? Pues alabado fuese Dios, eso desayunaría, el desayuno de los campeones del culo de Europa, ¿o eran el ombligo? Lo que fuese. El alcohol su solución, su medicina antiresaca.

Salió, tambaleante, a la calle rebuscando en los bolsillos las endemoniadas llaves del jodido coche, las muy zorras siempre jugando al escondite con él. Tiró del llavero con una mueca triunfal y les sonrió con sorna.

—Habéis perdido, capullas.

Avanzó zigzagueando por las calles hasta llegar a su coche lleno de suciedad, debería pasar por el túnel de lavado al volver. Abrió la puerta del conductor y se limpió la mano en el pantalón dejando un feo rastro de polvo. Giró la llave y arrancó.

º º º

Saltó de la cama con energía, era su primer día libre en meses y pensaba aprovecharlo al máximo. Primero iría de compras, después a comer al centro y por último quedaría con él para cenar. Su cuarta cita en apenas dos semanas.

Se duchó y arregló el pelo con esmero para después prepararse un copioso desayuno a base de tostadas, café, zumo y magdalenas caseras que le había enviado Noémie. Necesitaría toda la energía del mundo para llegar a la noche en plena forma.

Se puso su vestido preferido de un tono burdeos brillante con un par de girasoles bordados. Le estilizaba la figura, ese era el principal motivo por el que se lo había comprado a pesar del precio astronómico. Tenía demasiadas curvas, y eso la hacía sentir incómoda a parte de lo engorroso que era dar con ropa que se ajustase a ellas sin hacer bolsas por todos lados, aquel vestido parecía haber sido confeccionado en exclusiva para ella, como si lo hubiesen tejido, directamente, sobre su piel.

El móvil vibró en su mano y descolgó sonriente viendo el nombre en la pantalla.

—Hola —respondió con tono alegre.

—Buenos días —contestó él al otro lado, su voz llegó mezclada con el ruido de la carretera, pitidos de conductores atrapados en un atasco—. Sólo quería decirte que estaré allí puntual.

Ella amplió su sonrisa, eufórica y satisfecha.

—Más te vale, guaperas.

La risa de él inundó la línea.

—Tranquila no habrá nada ni nadie que me impida acudir a nuestra cita.

Nada ni nadie excepto un atentado, un accidente gravísimo, un terremoto devastador… sacudió la cabeza, la posibilidad de que pasase algo de eso era muy remota, lo sabía, pero aún y así existía.

—Ey —musitó él con seriedad—. ¿Qué llevas puesto? —susurró.

—¡Pervertido! —soltó sin un ápice de molestia—. No pienso decírtelo.

—¡Ah…! Queeé cruel.

Ella rió apoyándose contra la pared.

—Entonces ¿nos vemos esta noche?

—Por supuesto.

—Perfecto, tengo muchas ganas.

—Y yo también. Demasiadas.

—Bobo…

—Hasta luego, preciosa.

—Adiós.

Colgó y miró su reflejo un instante antes de salir de casa dando pasitos alegres.

º º º

Había sido una noche larguísima. Bostezó ruidosamente y se desperezó. Ojalá se pudiese usar la camilla de la parte trasera de la ambulancia para echar una cabezadita tras un infinito turno doble.

Su compañero, Romain, bajó del todo la ventanilla y una retahíla de sonidos de motor se filtró en el vehículo.

—Ciérrala, tío.

—Venga ya, necesitamos algo de aire fresco.

—Si a gases de combustión lo llamas tú aire fresco prefiero ni olerlo.

Frunció el ceño. Tenía razón. Cerró la ventanilla.

Trabajar en emergencias estaba bien, nunca se hubiese imaginado que podría gustarle tanto a pesar de la falta de sueño.

—Así qué… ¿ya tienes planes para esta noche?

—Un plan genial —canturreó—. He quedado con una chica increíble.

—¿Aquella de la que me hablaste?

—No.

La radio crepitó antes de transmitir el mensaje, atropello con fuga. El joven moreno tomó el transceptor y contestó.

—Unidad 56. Recibido, vamos para allá.

La dirección del aviso estaba a unas pocas manzanas, William activó la sirena para que los vehículos atascados se hiciesen a un lado y les permitieran avanzar.

—Espero que no haya sido nada demasiado grave, estoy demasiado cansado como para encontrarme con un atropello múltiple —musitó Romain.

—Lo mismo digo.

La policía ya estaba allí cuando llegaron, buscando pistas sobre el coche fugado.

Ambos saltaron de la ambulancia al unísono. William se dirigió hacia la víctima del atropello mientras que Romain sacaba el material sanitario. La chica que yacía en el suelo estaba rodeada de gente que le abrió paso, pero que no se alejaron de la escena para seguir con el efecto mirón.

Un hombre presionaba con su cazadora una herida en el costado de la chica que parecía no querer dejar de sangrar. William se arrodilló frente a aquel hombre.

—¿La conoce?

—No. Soy repartidor, he presenciado el accidente.

Su compañero llegó junto a ellos y se arrodilló junto el hombre que había estado atendiendo a la chica.

—Gracias, ya nos encargamos nosotros.

William la observó, tenía la cara ladeada y tapada por el pelo castaño y ensangrentado. Empalideció.

—¡Eh, compañero! ¿estás conmigo?

—No puedo atenderla.

—¿Pero qué coño dices?

—Es mi novia, no puedo atenderla.

Romain le miró sorprendido, agarró el walkie y pidió otra ambulancia.

—Venga, cámbiame el sitio. Tenemos que parar la hemorragia, sólo taponarás la herida, ¿entendido?

—Sí, entendido —contestó poniéndose los guantes de látex.

Intercambiaron las posiciones. William reprimió el impulso de apartarle y acariciarle la mejilla, y se concentró el presionar la herida con varias gasas. No podía hacer nada más que eso, era frustrante.

Oyó la sirena de otra ambulancia acercarse.

—Aguanta, Emilie —le susurró—. La ayuda ya está aquí.

Fin

Notas de la autora:
¡Hola! Aquí de nuevo con un shot, esta vez algo dramático, a veces me da por escribir cosas así. Cuando me salió la palabra borracho me desesperé porque no sabía qué demonios podía escribir sobre eso hasta que me atacó la inspiración mientras comía y ¡gasté medio servilletero escribiéndolo! La pobre camarera me miró como si estuviera loca de remate jajaja (debería acostumbrarme a que me miren así).
Bueno, con este final supongo que ya os habréis imaginado que tendrá una continuación, aún no sé con qué palabra la seguiré ni cuándo será, pero este no es el final.
Espero que os haya gustado. Un abrazo.