Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

XIII.- Piernas

Llevaba semanas luchando contra el desánimo, porque sabía que era afortunada. Pero, por mucho que lo supiese, no podía estar feliz. Había pensado que debía ser un efecto secundario de los medicamentos, sin embargo, ahora que habían reducido la dosis a la mitad, y con la cabeza clara, se daba cuenta de que era algo más profundo. Simplemente no podía alegrarse, se sentía inservible y patética.

La habitación estaba repleta de flores y peluches de familiares y amigos, todos aquellos detalles le daban un toque alegre a las paredes verdosas y desangeladas, pero no a su ánimo.

Probó, una vez más, a mover las piernas, pero no logró mover ni un solo dedo. Soltó un quejido.

—Emilie ¿estás bien? ¿Te duele algo?

Miró a su amiga Noémie, que apenas se había separado de su lado desde el accidente.

—No, estoy bien.

—Puedo amenazar a la enfermera para que deje de racanear con los calmantes.

Emilie sonrió a pesar de la falta de ánimos, imaginarse a Noémie zarandeando a la jefa de enfermeras le resultaba tan plausible como gracioso.

—De verdad que estoy bien. Noé ¿por qué no te vas a casa a descansar?

—¿Por qué? Aquí tengo todo lo que necesito —replicó—. Una buena amiga, galletitas rancias de la carísima máquina expendedora de urgencias, un buen libro, perfume a desinfectante… eau d'hôpital.

—En serio. Julien debe echarte de menos.

La mirada de Noémie se ensombreció un instante.

—Sobrevivirá, créeme.

Lo cierto era que Julien le había dado un ultimátum, o dejaba a un lado a Emilie o su relación estaba finita, así que Noémie le mando, elegantemente, a la mierda sin billete de vuelta.

—Prefiero estar aquí.

Dos golpecitos en la puerta hicieron que ambas chicas se girasen en su dirección. Noémie sonrió ampliamente al ver la cabellera negra y revuelta del visitante. Emilie, en cambio, desvió la mirada y clavó sus ojos en el edificio tras el cristal de la ventana.

—Buenas tardes, señoritas.

—Empezaba a pensar que hoy no te veríamos por aquí, William.

—Ha habido un escape de gas en el centro, así que mi turno se ha alargado más de los debido.

William observó a Emilie que miraba por la ventana sin hacerle el menor caso.

—¿Va todo bien? Puedo amenazar a la enfermera si te está racaneando calmantes.

Emilie suspiró tapando la risita de Noémie que había visto su amenaza duplicada.

—¿Qué haces aquí?

—Venir a verte, creía que era evidente —contestó encogiéndose de hombros.

Ella dejó de mirar por la ventana para ajustarse las gafas y mirarlo a él. Estaba cansada de oír a las enfermeras y doctoras hablar de él, sobre cuánto les gustaba, lo guapo que era y lo que le harían, aquellas estúpidas con piernas útiles. No podía competir con ellas, atarle por pena no era una opción.

—Pues no quiero que vengas —soltó apretando los puños sobre su regazo.

—¡Emilie! —exclamó Noémie sorprendida.

William movió la mano, haciéndole un gesto para que se calmara.

—No puedes prohibirme venir —contestó—, trabajo en este hospital.

Una de las enfermeras, la que Emilie más detestaba, entró en la habitación, William se movió hacia los pies de la cama dejando que hiciese su trabajo. Emilie vio con molestia cómo había mirado al chico y eso la enfureció aún más.

—Es la hora de ir a rehabilitación —declaró la enfermera—, el doctor quiere que empieces hoy mismo.

—No quiero —replicó Emilie.

—¿Perdona?

—He dicho que no quiero ir. No voy a ir.

—Nadie ha pedido tu opinión, es una orden del doctor.

—¡Oye tú!

William puso una mano sobre el hombro de Noémie que había saltado de la silla dispuesta a arrancarle la yugular por cómo le había hablado a su amiga.

—Brigitte. —La mirada de las tres mujeres se clavaron en él que parecía ser el único que conservaba la calma en aquel cuarto—. Es en la consulta de Berger, ¿no?

—Sí, y como no la baje ahí en seguida…

—Tranquila yo me encargo.

Brigitte dedicó una sonrisa torcida a Emilie, llena de veneno, y Emilie sacó su mejor cara de póker y esperó a que hubiese desaparecido para fulminar con la mirada a William.

—No pienso ir.

—No seas cría —se quejó Noémie.

Sin embargo, William no dijo nada, salió de la habitación.

—No voy a ir —repitió Emilie.

Cuando William volvió a entrar lo hizo arrastrando una silla de ruedas que, Emilie, miró con terror. Él clavó su mirada azul en los ojos negros de ella, serio, con la silla entre ambos.

—Hay dos maneras de hacer esto —pronunció colocándola de lado junto a la cama—. La primera es la fácil, la que preferiría que eligieras, es decir, por las buenas. La segunda, que espero que no elijas, es por las malas; lo que significa que voy a sacarte de esa cama a la fuerza y, si es necesario, usaré las correas para atarte a la silla.

Noémie le miró desde la butaca, inmóvil, esperando que su amiga fuese lo suficientemente inteligente para elegir la primera y, sobre todo, para que entrase en razón y dejase de comportarse como una idiota.

—¿Y bien? ¿Cuál eliges?

Emilie cruzó los brazos sobre el pecho y regresó su mirada a la ventana, dejando claro que no pesaba ceder. William suspiró. Lo oyó mover la silla y después sintió el colchón hundirse junto a su cuerpo. Él se deshizo bruscamente de la sábana que cubría sus piernas inútiles. Ella le impidió tomarle por los hombros, así que rodeó su cintura y, alzándola, la sacó de la cama. Opuso tanta resistencia como pudo, pero fue inútil.

La sentó en la silla con cuidado, a pesar de que ella había esperado que la dejase caer, y se arrodilló frente a ella, para colocar sus pies en el reposapiés. Con el ceño fruncido, William, hizo chocar su pie derecho contra la pieza de plástico, ella soltó un quejido.

—¡Me has hecho daño!

Él sólo la miró enfurruñado, mientras que Noémie lo hizo sorprendida.

—¿Tengo que usar las correas? —preguntó ignorando su queja y, esperando, que se diese cuenta de que había sentido dolor.

—Sigo sin querer ir.

—Noémie, me la llevo, Brigitte la traerá de vuelta cuando acaben.

—Vale…

La arrastró por el pasillo para meterla después en el ascensor. William llevaba su uniforme, el mismo que llevaba el día en que se habían reencontrado tras un pequeño incendio en las oficinas en las que trabajaba, el mismo que debía llevar cuando le atropellaron en aquella acera.

Se mordió el labio porque no quería llorar. Estaba resignada a no volver a caminar, pero no podía soportar la idea de que se quedase con ella por pena.

Cuando las puertas se abrieron él la arrastró por el pasillo hasta el final de una enorme sala. Había un médico allí plantado, como si llevase horas inmóvil.

—Si me dejas aquí no quiero volver a verte nunca más —susurró.

—Hombre, William, ¿qué te trae por mi planta?

—Una paciente rebele. Es Emilie, la mandan a rehabilitación.

—Tengo su informe en la mesa, una superviviente.

—La dejo en tus manos, Vincent.

William puso su mano sobre el hombro de ella que se limitó a ignorarle. Suspiró.

—Que vaya bien. Nos vemos, Vincent.

—Nos vemos.

El doctor la miró como si buscase alguna respuesta cósmica en ella, pero no diese con ella.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde el accidente?

—Dos meses y medio —replicó ella, aunque estaba segura de que estaba todo en el historial.

—¿Has podido mover los dedos?

Emilie tragó saliva, no pensaba llorar.

—No, no funcionan, mis piernas son inútiles.

El médico le sonrió.

—¿Alguna sensación? ¿Hormigueo, entumecimiento, dolor…?

—No, sólo el golpe de antes.

—¿Golpe?

—Sí, me ha dado un golpe en el tobillo.

Vincent volvió a sonreírle.

—Y ¿lo has visto o lo has sentido?

—Me ha dolido.

—Sabes qué significa eso, ¿verdad?

Emilie, que fruncía el ceño, de repente abrió los ojos sorprendida. El dolor era una sensación, eso significaba que su lesión no era irreversible.

—Empezaremos con ejercicios muy suaves. Para recuperar la masa muscular y la fuerza.

Ella se limitó a asentir dócil.

º º º

La rehabilitación estaba siendo dura, pero los pequeños avances que lograba mantenían su ánimo en lo alto. Además, el saber que pronto podría volver a casa la hacía tremendamente feliz.

Emilie miró la puerta sonriente cuando llamaron a ella, pero su sonrisa se congeló al ver que quien entraba era Noémie.

—No va a subir —dijo antes de darle tiempo a decir nada.

—No sé de quién hablas.

Noémie puso los ojos en blanco y fue hasta su amiga sentada en la silla de ruedas.

—William —dijo con toda la intención de molestarla—. Quizá si no te hubieses portado como una idiota estaría aquí, a tu lado.

Emilie se mordió el carrillo, herida, consciente de que lo había echado de su lado. Nunca quiso que se marchase, no realmente, por mucho que se lo hubiese dicho. Había esperado que no se rindiera, que siguiese luchando como había hecho unos meses atrás. Pero William se había apartado, sin más. A veces le oía en el pasillo hablando con alguna enfermera, y eso la hacía enfadar, pero no había salido del cuarto.

Era culpa suya, y ser consciente de ello la hacía sentirse peor.

—Está abajo, en la sala del SAMU. Y no tiene agua, sería una pena que muriese deshidratado —dijo tendiéndole una botella de agua fría.

»Se la llevaría yo, pero hay un enfermero monísimo ahí afuera y vuelvo a estar en el mercado, así que… Tú misma.

Emilie la tomó, maldiciendo a su amiga por hacerla bajar. Por hacer que se tuviese que exponer al ridículo. Aún y así, puso la botella en su regazo, sintiendo el frío en sus muslos, y empujó la silla a través de la puerta que Noémie le mantenía abierta.

—Siempre me pregunta por ti —soltó Noémie—. Así que no te comportes como una cretina.

Desde la silla la observó alejarse, con el ceño fruncido, hasta aquel enfermero del que le había hablado. Suspiró, si eso le servía para superar a Julien, pues bienvenido fuese.

Movió la silla hacia el ascensor y pulsó el botón de la planta baja, allí estaban las urgencias y también la sala del SAMU, justo en el muelle de entrada.

Moverse con la silla cada vez le resultaba más sencillo, aunque estaba deseando deshacerse de ella, había aprendido a convivir con ella.

Las puertas se abrieron y empujó las ruedas para salir de la caja de metal, se vio engullida por el ajetreo de la planta, la gente se movía a su alrededor sin mirarle y sin prestarle atención. Empujó la silla hacia atrás aturdida, pero no se movió del lugar.

—No pasa nada —susurraron a su oído—, te llevaré hasta la sala.

Se dejó llevar, observándolo todo con desconfianza. Incapaz de girarse para ver quién la llevaba. Demasiada gente. Llevaba demasiado tiempo encerrada en una habitación solitaria.

La puerta se abrió automáticamente al detectar la presencia de las dos personas frente a ella. Su acompañante la empujó hasta que estuvo dentro, allí había silencio y calma, Emilie, más relajada se giró entonces a ver quién la había llevado hasta allí. Un técnico sanitario con el mismo uniforme de William le sonrió, se llevó un dedo a los labios indicándole que guardase silencio, para después señalar el sofá del fondo.

—Me marcho, portaos bien.

En el sofá estaba William tumbado, tapándose los ojos con el antebrazo. Estaba dormido, o eso le parecía. Ajeno al mundo y relajado. Y seguramente agotado.

Emilie movió las ruedas de la silla hasta la mesita de café frente al sofá, dejó en ella la botella de agua, sobre ella había papeles arrugados y bolígrafos. Tomó prestados un boli y un papel y escribió en él.

Bajó los pies despacio y, apoyando las manos sobre los reposabrazos, se incorporó. Sus piernas temblaron un instante, débiles aún, y dio unos pocos pasos hasta el sofá. Dejó la nota sobre su pecho y dibujó una pequeña sonrisa.

«¿Querrás esperarme? E.» había escrito y esperaba que él en algún momento le contestase con un "sí".

Fin

Notas de la autora:
¡Hola! Bueno, un final extraño y muy abierto. En realidad, no es el final, final, escribiré uno más para darle cierre. No será con la siguiente palabra que use. El hecho de que estén relacionados dos seguidos no significa que a partir de ahora vaya a seguir esa dinámica.
Está en parte basado en una experiencia personal, aunque no acabé en una silla de ruedas, sí que me pasé 6 meses atrapada en un sofá sin poder valerme por mí misma. Creo que necesitaba escribirlo, porque a menudo desde fuera no se entiende la frustración y la amargura que suponen una situación así. No quieres a nadie cerca, porque te parece injusto, porque crees que le das pena y eso, en el fondo, sólo consigue que quienes están alrededor se sientan mal. Es injusto, pero la necesidad de no dar pena supera los límites de la razón.
Espero que os haya gustado a pesar de ser algo deprimente.