A/N: ¡Hola! No hay mucha explicación para esta historia, excepto que espero que sea divertida. La verdad, todo comenzó como una broma entre un amigo y yo, pero bueno, eso me motivó a escribirla. No creo que tenga muchos capítulos, quizá unos 3 o 4. Rspero que cualquiera que lea esta cosa pase un rato agradable XD en fin, pueden contarme lo que piensan en los comentarios. Por cierto, este fanfic tiene gerderbends, es decir, cambié el género de algunos de los personajes para que quedara bien. Espero que les guste! :)


Attack on Mulan

capítulo 1.


"Su Majestad, ¡los titanes han traspasado la muralla Maria!"

"Recluta a un miembro de cada familia de todos los distritos. Vamos a requerir su colaboración," Dot Pixis, el Rey, ordenó a su subordinado con una calma impresionante. A pesar de ser Rey, también había servido como militar y defendido sus tierras en sus años de juventud, lo cual le había brindado una gran experiencia. Sin embargo, ahora que ya estaba viejo no podría luchar, y sólo podía asegurarse de que con alguna de sus excéntricas estrategias, pudiera llevar a su ejército a la victoria.

"Sí, su alteza," el hombre hizo una reverencia y se retiró para cumplir las órdenes del Rey.


En una tierra lejana dentro de la muralla Maria, conocida como el distrito Shinganshina, existía una bella dama conocida como Erenia Jaeger. Su hermosura era legendaria, pero estaba marcada por un terrible defecto: su indomable carácter. Sin embargo, esta no era la única razón por la cual Erenia aún no tenía marido o un pretendiente definido. Había una razón más terrible, y era el hecho de que se rumoraba que dicha joven y su belleza estaban malditas, además de que la familia Jaeger y sus allegados estaban fuertemente ligados a la magia. Aunque no se sabía si aquello fuera cierto o en qué consistiría dicha maldición, hacía que los hombres del pequeño distrito lo pensaran dos veces antes de querer casarse con ella.

Los padres de Erenia, Carla y Grisha Jaeger, habían intentado de todo para conseguirle un marido, pero al fallar varias veces, decidieron optar por su última opción: presentar a Erenia con la casamentera del pueblo, Erwina Smith. Los Smith eran una familia de tradición y bastante respetables en el distrito; ya que la mujer —Erwina— era también una de las más bellas del pueblo, probablemente la más bella hasta que Erenia había comenzado a crecer y desarrollarse. Su hermano mellizo, Erwin Smith, era admirado por su rango y experiencia militares.

Los amigos de Erenia, Mikaso Ackerman y Armin Arlert se habían ofrecido a llevar a la joven con la casamentera. Pero como era de suponerse, la problemática Erenia había llegado tarde ese día.

"Erenia, llevan esperándote por un buen rato," se quejó levemente Mikaso. Él era un joven de la edad de Erenia, de cabellos negros y cuerpo fornido. Sus padres habían sido íntimos amigos del padre de Erenia, por lo tanto, cuando murieron, la familia Jaeger había adoptado a Mikaso. Éste se había encariñado profundamente con los Jaeger, especialmente con Erenia, a pesar de su difícil personalidad.

"Ya lo sé, ya lo sé," Erenia puso los ojos en blanco, ligeramente molesta. "Estaba algo nerviosa, ¡¿de acuerdo?!"

"Hey, Erenia," intervino Armin. También era de su edad, aunque se veía más pequeño gracias a su aire inocente y su delgado y débil cuerpo. Sus ojos eran de un vibrante azul y llevaba el cabello rubio hasta los hombros. "Te traje esto. Es un grillo de la suerte, se llama Sasho."

"Oh, gracias, Armin," sonrió Erenia cariñosamente mientras tomaba la pequeña jaula con el grillito, que canturreó. "¿Es especial, como Jeanne?"

"¡Sí! Después podrás verlo," dijo Armin. Él también vivía en la casa de los Jaeger desde que su abuelo había muerto hace poco, y aunque muy inteligente, creía fuertemente en la magia y supersticiones, además de que comúnmente les hacía regalos a sus seres queridos. Él y su abuelo habían obsequiado el peculiar caballo de los Jaeger, Jeanne, hacía ya un tiempo.

"Bueno, creo que deberías entrar ya. Nosotros te esperaremos. Erenia, por favor no te metas en problemas," rogó Mikaso en tono protector. "Y mucha suerte."

"¡Tú puedes, Erenia!" exclamó Armin con entusiasmo. Erenia sonrió y asintió con determinación para encontrarse con su madre y otra señora que la ayudaron a arreglarse. Carla regañó a su hija por su impuntualidad y le pidió que se portara bien, deseándole suerte y dándole un beso en la mejilla.

Ya arreglada en un obvio estilo oriental, Erenia se unió a las otras jóvenes que esperaban a la casamentera. Después de un momento, Erwina hizo acto de presencia.

"Erenia Jaeger," llamó.

"¡Presente!" exclamó Erenia en respuesta. Erwina enarcó una ceja, claramente disgustada.

"Hablando sin pedir permiso," reprimió. Erenia se avergonzó.

"Diablos, esto no va bien," susurró Armin a Mikaso desde la distancia.

Erenia siguió a Erwina dentro de la residencia Smith. La mujer rubia caminaba con mucha gracia y orgullo, meneando sus voluptuosas caderas con cada paso. Erenia trató de imitarla, pero sólo logró torcerse un tobillo.

"¡Auch!" se quejó. La mujer rubia se detuvo y le dirigió una mirada inquisitiva.

"¿Pasa algo?"

"N-no, no es nada," comentó Erenia con una sonrisa nerviosa, aguantando las punzadas de dolor. Erwina sólo la observó como si fuera un bicho raro y siguió caminando hasta llegar a una puerta. Entraron a la habitación, donde una mesita con una tetera y tazas las esperaban. Un hombre rubio estaba hincado frente a la mesa, y a juzgar por el parecido con la casamentera, Erenia dedujo que debía ser su hermano mellizo.

"Erenia, él es Erwin, mi hermano. Estará acompañándonos en la prueba de hoy."

"¡¿Usted en verdad es el Comandante Erwin Smith?!" exclamó Erenia, que una vez presentada oficialmente no pudo contener su emoción. A una chica normal no debería importarle mucho, pero a alguien como Erenia, la carrera militar de Erwin la tenía impresionada. "¡No puedo creerlo! ¡Lo admiro muchísimo!"

"Oh, gracias, pero sólo cumplo con mi deber," respondió Erwin con una sonrisa educada. A diferencia de su hermana, Erwin parecía más amable, pero imponente de la misma forma.

Erwina carraspeó, llamando la atención de ambos. Anotó algo en su temible libreta.

"Erenia, sirve el té," ordenó.

"¡Oh! Sí, señora," acató Erenia, obedeciéndola. Erwin le sonrió amablemente mientras servía su té y después el de su hermana, que sólo frunció los labios.

"El té está delicioso," trató de reconciliar Erwin, bebiendo un sorbo. Erwina iba a hacer lo mismo, pero justo en ese momento, Sasho, el grillo de Erenia, escapó y saltó justo al té de la mujer. Erenia, que se había percatado de la escena, tomó la taza apresuradamente, ganándose una mirada de reprobación de la rubia.

"¡Usted no puede beber eso! Por favor, permítame retirarlo…"

"¿Y quién dice que no puedo beberlo?"

"Vamos, por favor…"

Ambas damas comenzaron a pelearse por la taza de té. Erwin carraspeó, esperando que Erenia se detuviera, pero fue demasiado tarde, porque jalaron demasiado y la taza salió volando, empapando a la flamante rubia.

"¡Mira lo que has hecho!" se quejó, indignada. "¡Eres una tonta!"

"¡Lo siento, lo siento! ¡Permítame arreglarlo!" Erenia se puso de pie y, entrando en pánico al no ver nada con qué pudiera ayudarle a limpiar, rasgó su kimono nuevo, dejando ver parte de sus piernas morenas.

Erwina ahogó un grito, sonrojándose. "¡Eres una indecente!" se quejó y la empujó lejos, impidiendo que le ayudara. Erenia trastabilló y logró darse cuenta de que Sasho había brincado y caído justo en cabeza del Comandante. Sin pensarlo dos veces, trató de atrapar al insecto, pero falló en el intento y sin querer, se quedó con la "cabellera" de Erwin en sus manos.

"¡¿Un peluquín?!" gritó sorprendida.

"¡Erenia, devuélveme eso por favor!" exclamó el Comandante, completamente avergonzado. Erenia se sonrojó también, y nerviosa, soltó el peluquín sobre la mesa, derramando más té.

"¡Perdón!" volvió a disculparse, y esta vez tomó lo primero que vio que podría ayudarla a limpiar: la libreta de Erwina. Arrancó varias hojas y comenzó torpemente su labor, pero la rubia ya estaba demasiado molesta y, con un grito de indignación y furia, tomó a Erenia por un mechón de su hermosa cabellera castaña y la sacó de la casa.

"¡Eres una desgracia! ¡Podrás parecer una novia pero nunca traerás honor a tu familia!" y con eso, Erwina cerró las puertas de su casa con furia, avergonzando a la pobre Erenia frente a las miradas perplejas de sus amigos, su madre y otras personas alrededor.

"Erenia," su madre murmuró, perpleja.

"Erenia, ¿qué pasó?" inquirió Armin con preocupación.

"¡Sólo déjenme en paz!" contestó la castaña, apartando con brusquedad a su familia y tratando de contener las lágrimas. El camino de vuelta a casa fue largo y tedioso, y nadie se atrevió a hablar de lo sucedido.

Erenia fue la primera en entrar a la residencia Jaeger. Su padre la observaba desde lo lejos con una mirada esperanzada, pero Erenia sólo se tapó la cara y se alejó corriendo hacia uno de los estanques del enorme jardín.

Se tiró al piso y no le importó si su kimono roto o sus rodillas se manchaban de tierra, y comenzó a golpear el pasto y arrancar algunas hierbas que se encontraban a su alrededor para desahogarse, en medio de sollozos y jadeos. Erenia siempre había sido una chica explosiva y pasional, que canalizaba su tristeza a través de la ira. Mas poco a poco sus golpes perdieron fuerza y la joven se encontró contemplando su reflejo en las tranquilas aguas del estanque. Su larga cabellera castaña estaba despeinada, su ropa arruinada, y su cara enrojecida debido al reciente esfuerzo físico y a las lágrimas que amenazaban con salir. No se veía bella en absoluto.

"¡¿Por qué mi reflejo no puede mostrarme como en realidad soy?!" se lamentó, haciendo una mueca de desprecio y golpeando la superficie del agua para no verse, antes de romper en llanto.

Cuando se hubo calmado, y aunque aún la tristeza invadía su corazón, Erenia se disponía a entrar a la casa para cambiarse, pero su padre llegó y se hincó junto a ella.

Erenia ahogó un grito y apartó la mirada. Aun se sentía demasiado avergonzada como para poder mirarlo a los ojos.

"Erenia. Tú eres hermosa tal como eres," dijo Grisha, colocando una pequeña flor en el cabello de su hija y haciendo que ésta se sonrojara levemente y una pequeña sonrisa creciera en su rostro. Apenas se atrevió a verlo de frente de nuevo, cuando el sonido de un tambor los alarmó.

"¡¿Qué está pasando?!" preguntó Erenia.

"Erenia, ¡quédate aquí!" exclamó Grisha, incorporándose y reuniéndose con los otros hombres de la casa, mientras Carla detenía a su hija para que no los siguiera de inmediato.

"Los titanes han traspasado la muralla Maria," el consejero del Rey, Kitts Verman, anunció desde su caballo, flanqueado por otros dos hombres y llamando la atención de los habitantes del pueblo. "Su Majestad requiere la presencia de un hombre de cada familia en el ejército. Familia Ackerman," comenzó a llamar. Mikaso, valientemente dio unos pasos hacia el frente y tomó el pergamino que el hombre le ofrecía.

"Familia Arlert." Fue el turno de Armin, y así de varios más hasta que, justo como Erenia lo temía, llamaron su apellido.

"Familia Jaeger."

Grisha se aproximó al hombre y tomó su pergamino, a pesar de las distantes exclamaciones de su hija, quien logró zafarse y trató de intervenir.

"Capitán, ¡le ruego que por favor lo reconsidere! ¡Mi padre ya se ha enfrentado a los titanes en el pasado!"

"Quizá él debería reconsiderar la manera en que ha educado a su hija," respondió el hombre con desprecio. Grisha siseó.

"Erenia, me estás deshonrando," susurró en voz baja, apartándose de ella, y después añadió para el hombre: "Estoy dispuesto a luchar de nuevo si el Rey así lo requiere."

Verman asintió. "Mañana, en la muralla Sina," agregó para todos, antes de retirarse. Erenia estaba a punto de argumentar algo más, pero la mirada enfurecida que le dirigió su padre la hizo contenerse.


Erenia siguió a su padre a escondidas y lo observó abrir el armario donde guardaba el viejo equipo de maniobras tridimensional. Grisha se colocó las cintas como un experto y sacó ambas espadas para practicar. Erenia se quedó boquiabierta, por un breve momento su padre parecía un maestro en el ataque, mas pronto su edad y las secuelas de la guerra hicieron de las suyas y Grisha cayó al suelo, derrotado.

Erenia cubrió su boca para ahogar un grito de pánico. Si esto pasaba, su padre moriría sin duda. Corrió hasta la habitación de Armin para pedirle consejo, pero antes de entrar escuchó murmullos dentro.

"...titanes."

"¿Por qué los llaman así?" preguntó Mikaso, su voz era inconfundible.

"Oh," respondió Armin. "Es por una vieja leyenda. Hace mucho tiempo se decía que los humanos provenían de unas criaturas llamadas titanes. Eran gigantes, sin ninguna inteligencia, pero de alguna manera se cree que evolucionaron poco a poco, al grado de que existían personas que podían cambiar su forma a estas criaturas temporalmente. Pero todo eso ya dejó de existir. Sin embargo, se dice que hay pueblos afuera de las murallas, directos descendientes de esos titanes, que aunque ya no puedan tomar su forma conservan algunas de sus habilidades, como sanar increíblemente rápido y son extremadamente buenos en el combate, además de que pueden sobrevivir a condiciones brutales. Es por eso que como ejército, aunque sólo sean unos cuantos, son muy difíciles de derrotar."

"...Ya veo," dijo Mikaso. De alguna forma u otra, su voz no expresaba mucha emoción, pero era difícil saber lo que estaría pensando. Erenia lo escuchó suspirar. "Entonces, hay que estar mañana en la muralla Sina para comenzar con el entrenamiento, ¿no? ¿A qué hora partiremos?"

Ahora fue el turno de Armin de suspirar. "El señor Jaeger dijo que deberíamos partir de madrugada para llegar a tiempo. Así que quizá deberíamos descansar esta noche, no sabemos qué pueda pasar."

"Tienes razón," Mikaso respondió.


La cena transcurría en un silencio fúnebre. Todos estaban presentes en la mesa: Grisha, Carla, Mikaso, Armin y Erenia, pero al parecer nadie podía mirar a los ojos a nadie. Erenia contemplaba la escena con ansiedad, hasta que por fin, después de servir el té, estalló.

"¡Esto no es justo! ¡Tú ya has luchado contra los titanes antes! ¡Hay otros que pueden tomar tu lugar!"

"Erenia—"

"¡No lo entiendes, papá! ¡Si vas a esa guerra morirás! Así que por favor, ¡no lo hagas!"

"Erenia," reclamó su padre con voz firme. "Sé lo que tengo qué hacer, y es tiempo de que tú también lo entiendas."

"¡Pero papá—!"

"Mañana Mikaso, Armin y yo iremos a esa guerra. Fin de la discusión."

Erenia se quedó sin palabras. Su madre era la que normalmente la reprendía por alguna de sus imprudencias, pero jamás había escuchado un tono tan frío de parte de su padre. Azotó su taza de té y salió corriendo fuera de la casa, buscando algún lugar para desahogarse.

Afuera había tormenta. Erenia estuvo llorando y descargando su ira largo rato, sin importarle el frío o la lluvia. Desde donde estaba, podía observar las siluetas de los habitantes de la casa. Mikaso y Armin estuvieron charlando un rato después de la cena, hasta que ambos se separaron para dormir en sus respectivas habitaciones. También vio a sus padres, y pudo sentir la angustia en el momento en que los vio abrazándose y como Carla se separaba con desesperación después. Su padre agachó la cabeza con tristeza y apagó la vela del cuarto para que fueran a dormir. Fue cuando Erenia se decidió.

Entró a la casa sigilosa pero determinadamente, caminó hacia el cuarto de sus padres y tomó su pergamino. Los miró dormir juntos por un momento, y sintió ganas de darle un beso a cada uno para despedirse, pero aquello los despertaría, así que se contuvo.

Después fue hacia el armario de su padre y tomo su viejo uniforme de cadete y el equipo de maniobras. Vendó su pecho y se lo probó, le quedaba un poco grande, pero serviría. En cuanto al equipo, sacó una de las hojas de las espadas y la colocó contra su cabellera. Cerró los ojos con fuerza, estaba decidida, mas eso no significaba que no doliera. Su cabello era uno de los atributos de los cuales estaba más orgullosa.

Con un rápido movimiento, los sedosos mechones color chocolate cayeron al suelo y pronto Erenia sintió su cabeza más ligera, pero se negó a meditar mucho en el asunto. Se puso de pie y se salió de la casa hasta donde estaba su caballo. El grillo, Sasho, la había visto y la había seguido, con una mirada preocupada. El corcel se alteró notablemente al ver a un extraño, pero Erenia lo tomó por el hocico y lo forzó a verla.

"Shh, Jeanne, soy yo, soy yo," susurró. El equino se calmó y permitió que la chica lo montara. Y así, en medio de la terrible tormenta, Erenia se fue.


"¡Erenia se ha ido!" despertó Armin, sobresaltado y pronto alarmando a toda la familia al percatarse de la ausencia de su amiga.

"¡¿Qué?!" exclamó Grisha, mas sólo se encontró con la ausencia del pergamino en su mesa de noche. Él y Carla saltaron de la cama y corrieron hacia afuera, con la esperanza de que aún pudieran alcanzar a su hija, pero ya era demasiado tarde.

"¡Nooo!" un grito desgarrador escapó de la garganta de Grisha, y cayó sobre el lodo del jardín. Su esposa cayó junto a él, aferrándose a su cuerpo desesperadamente y sollozando.

"¡Grisha, tienes que ir por ella! ¡Sabes cómo es Erenia, se meterá en problemas y podrían matarla!"

"Si la descubro, morirá…" susurró su esposo en voz lúgubre, abrazando a Carla en un intento de consuelo mutuo.

"Yo iré por ella," dijo Mikaso, quien había contemplado toda la escena junto con Armin.

"Te acompaño," añadió el joven rubio. "No puede haberse ido desde hace mucho; pero si llega a la muralla Sina antes de que podamos alcanzarla, nosotros podemos protegerla para que no la descubran."

La pareja volteó a mirarlos, agradecidos. "Mikaso, Armin… ¿Harían eso por nosotros?" preguntó Grisha, esperanzado.

"Por supuesto que sí. Ustedes han cuidado de nosotros todo este tiempo, es lo menos que podemos hacer para devolverles el favor. Además, Erenia es nuestra amiga," señaló Mikaso.

Carla se puso de pie y abrazó a ambos jóvenes. "Gracias, en verdad, gracias…"

"No nos agradezcan," murmuró Mikaso, enternecido, y después miró a Armin con determinación. "Vamos, Armin, tenemos que alistarnos ya."

"De acuerdo. Pero antes de eso, hay algo que tengo qué hacer."


"Ancestros, escuchen nuestras plegarias. Les pedimos su ayuda para que cuiden de Erenia y de nosotros. Por favor," oró Armin en el pequeño templo de la familia Jaeger. Pronto, de cada una de las tablas que había ahí, comenzaron a salir diferentes formas espectrales, cada una de un antepasado diferente.

"Lo sabía, ¡lo sabía! ¡Esa Erenia siempre causó problemas!"

"No me mires a mí, ¡lo sacó de tu lado de la familia!"

"¡Sólo está tratando de ayudar a su padre!"

"Pero si la descubren su familia quedará deshonrada, ¡y la matarán!"

"¡Mis hijos jamás causaron tantos problemas! Pero claro, ¡tenía que haber una travesti en la familia!"

Armin sólo miraba de un lado a otro, sin saber cómo interrumpir la pelea entre ellos.

"¡Que un guardia la haga regresar!" por fin, uno de los fantasmas, sugirió como una solución.

"¡Sí, despierten al más sabio!"

"¡No, al más valiente!"

"¡Al más ágil!"

"Silencio," uno de los tatarabuelos de Grisha irrumpió. Parecía ser el líder, porque le hicieron caso y dejaron de discutir. "Debemos enviar al más poderoso de todos."

"Y… ¿quién es él?" por fin se atrevió a decir Armin. Todos los espectros voltearon a verlo.

"Él es el gran dragón Marco. Debes despertarlo y pedirle que los ayude," explicó, señalando hacia el jardín donde había una estatua de piedra de un dragón. Armin asintió y se encaminó hacia ella. La figura era imponente pero afable, si podía hacerla despertar, de seguro sería una gran ayuda.

"Oh, gran dragón Marco, por favor despierta," pidió Armin. Hubo un momento de silencio, pero nada pasó.

"Hmm…" Armin se acercó más a la estatua. Tal vez no lo había escuchado. Viéndolo más de cerca, pudo percatarse de la pequeña sonrisa que decoraba sus labios, además de las pecas esparcidas en su rostro. "Hey… ¿gran dragón Marco? Necesitamos tu ayuda…" Armin dijo, y otra vez, no hubo respuesta alguna. Armin frunció el ceño y golpeó con el dedo una de las orejas del dragón, comenzando a desesperarse. La oreja de piedra se rompió.

"¡Maldita sea! ¡Despierta!" exclamó Armin, perdiendo su paciencia y pateando la estatua. Una grieta comenzó a recorrer la vieja piedra, y pronto, la estatua se partió justo por la mitad y cayó al suelo.

"¡Mierda! ¡¿Y ahora qué hago?!" se dijo para sí Armin, nervioso. Justo en ese momento, el espectro del tatarabuelo de Grisha se irguió desde el templo.

"Oh, gran dragón Marco, ¿has despertado ya?"

Armin, en un acto de desesperación, tomó una de las mitades de la estatua y la puso de perfil, fingiendo ser el dragón.

"Yo, el gran dragón Marco, acabo de despertar," fingió Armin en la voz más gruesa que pudo. "Iré a traer a Erenia y ayudaré a sus amigos en el combate."

"Ve. El destino de la familia Jaeger está en tus garras," añadió el espectro, y con eso, desapareció. Armin cayó al suelo, vencido por el gran peso de la roca.

"Ah, joder… Erenia, lo que hacemos por ti…"

"¿Armin? ¿Qué estás haciendo? ¿Ya estás listo?" preguntó Mikaso, arqueando una ceja y ayudándolo a ponerse de pie. Por suerte, no hizo ninguna pregunta acerca del desastre con la piedra.

"Ah… Sí, sólo tengo que ir por mi caballo…"

"Apresúrate."

Armin suspiró y obedeció. En el establo se encontró con Sasho, el grillo que le había obsequiado a Erenia.

"Oh, amiguito, aquí estás," sonrió Armin. Sasho canturreó en respuesta. "Pues vamos," agregó Armin, montando su caballo y alcanzando a Mikaso para comenzar el camino hasta la muralla Sina.